La Familia y la Iglesia
Con íntimo gozo y profunda consolación, la Iglesia mira a las familias que permanecen fieles a las enseñanzas del Evangelio, agradeciéndoles el testimonio que dan y alentándolas a continuar viviendo conforme al proyecto Divino. Gracias a las familias sigue siendo creíble la belleza del matrimonio indisoluble y fiel, en el que el “hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán un solo ser”, en alianza eterna. Porque lo que Dios ha unido, no debe separarlo el ser humano» (Mt 19,5-6).
En la familia, como “Iglesia doméstica” (LG11), madura la primera experiencia eclesial de la comunión entre personas, en la que se refleja, por gracia, el misterio de la Santa Trinidad. “Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida” (Cfr. Amoris Laetitia, 86).
La familia es también la primera promotora y animadora de las vocaciones, ya que allí es donde se induce a la prole desde temprana edad a conocer, amar y servir a Dios, nuestro Señor.